Cada pieza artesanal —un metate tallado en cantera, un molcajete, un textil hecho con desperdicio industrial— lleva dentro algo que ningún producto de fábrica puede replicar: ingenio, desvelos y una herencia cultural de siglos. Y sin embargo, seguimos regateando su precio como si fuera un artículo cualquiera de centro comercial.
Esa es la paradoja que atraviesa el sector artesanal mexicano: producimos maravillas y las vendemos como si fueran de segunda.
Mi abuelo y mi padre fueron talladores de piedra en Chimalhuacán, Estado de México, cuna del labrado en cantera y tezontle. Participaron en obras como el Monumento a la Revolución. Y aun así, mi padre nos alentó a no heredar su oficio: sin seguridad social, sin reconocimiento y con clientes que abusaban del precio de su trabajo, el tallado en piedra no ofrecía futuro.
Feria de la Piedra (2019) — Chimalhuacán. Estado de México.
El problema no es falta de talento, es falta de estructura
Los artesanos saben producir. Lo que falta es:
Los apoyos actuales —ferias de dos semanas al año, maquinaria donada que ni siquiera tiene electricidad para funcionar, tiendas gubernamentales geográficamente inalcanzables— son bienintencionados, pero insuficientes. Son paliativos, no soluciones.
Tres propuestas concretas
Lo que está en juego
No hablamos solo de empleos. Hablamos de memoria histórica, de identidad cultural, de un oficio tan digno como el de un médico o un ingeniero. Si no facilitamos la venta justa del trabajo artesanal, no estamos ante una crisis lejana: estamos ante la extinción silenciosa de una herencia milenaria.